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Cuando el detalle está en los detalles

 

Cuando establecemos una relación amorosa, siempre los primeros meses son de ensueño, no hay discusiones no hay problemas ni nada que nos haga desistir por una vez siquiera que a quien estamos queriendo le es  inmerecido tanto afecto. Y el amor es bonito mientras que no se acaba, y dicen que el amor se acaba cuando  se da inicio al matrimonio. Cuando una relación entra en la etapa de los varios años, la rutina y el cansancio muchas veces terminan por destruirlo todo, como si fuera un virus de computadora empiezan a  atacar desde lo más profundo, arrasan con recuerdos, con gustos y con todo aquello  por lo que  estábamos de acuerdo en mantenernos junto hacia esa otra persona. Cuando  caemos en cuenta, ya nada  justifica  que nos acostemos en la misma cama. La sensación de haberlo olvidado todo, de haber olvidado lo que se sentía y lo mucho que se disfrutaba estando a su lado, nos asusta. Nos hace pensar –una vez a la semana al menos, como me lo dijo alguna vez alguna novia-, si la relación vale la pena. Lo que se muere lento se va muriendo sin que  ninguno de los dos se de cuenta, solo cuando el vacío es tan inmenso que no existe donde posar  los fundamentos del presente con esa persona y cuando la nostalgia  se vuelve presente ante tanta carencia de buenos tiempos, solo entonces  nos damos cuenta que lo que  por momentos era silencio y discusiones, en realidad era el aviso  diplomático del amor que se hacia cadáver, Funesto. 

Lo mismo pasa  en las organizaciones,  cuando los canales  comunicativos se atrofian y se pierden ante tanta desatención y tanta ausencia de consideraciones, como un reacción de enamorados, la interacción entre organización y cliente se enfría, se llena de bruma que  ausenta y distrae, entonces la posible aparición de una mejor propuesta se vuelve un peligro. Si la comunicación es limitada y solo se basta con   interactuar lo justo y necesario para saberse existentes el uno con el otro, si se prefiere callar y dar por  entendido que el otro funciona como  suponemos que debe funcionar y por tanto, actuar, entonces es muy posible que dicha relación entre organización y cliente se vuelva obsoleta, desaparezca, se haga más de una costumbre que en la primera visión de  conflicto  apuntará al escape. Y es que con el tiempo se olvida que  lo que hacia en un primer momento, la relación  importante, eran esas muestras de afecto inesperadas, esas generaciones de sentimientos especiales que alteraban la realidad por instantes y que eran  felizmente acariciadas por el recuerdo cada vez que se mantenía el otro ausente; eran los detalles, lo que hacia la relación  novedosa,  clara,  fresca y atrayente. Entonces se  entiende que para que una relación no se pierda en la nostalgia, es necesario avivar esos detalles, mantenerlos. Así mismo, si lo que se espera es  mantener a un cliente  ligado a la organización, lo que se debe implementar  son   canales que  permitan la renovación y al activación de ese recurso tan importante en las parejas, tan sencillo a su vez, pero tan   determinante para demostrar que lo que se espera es agradar y sorprender sin importar el tiempo. Los detalles, para los clientes, son la razón de preferencia  hacia una organización. La calidad, la atención, el servicio y el valor agregado que una sonrisa o una tarjeta de felicitaciones por su cumpleaños puede causar, son indispensables para  atrapar por mucho más tiempo al cliente. 

 

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